
La realidad es un rubro poco cotizado en el mercado. El mundo está lleno de compradores de ilusiones y el amor incondicional es una entre muchas. No importa cómo ni a quién respecte o sea dirigido o enfocado, el amor incondicional, sigue siendo la zanahoria tras la cual nos han puesto a correr los gurúes del New Age. A fin de cuentas hay que distraerse en alguna búsqueda. ¿Cómo podría sobrellevarse esta vida de no ser así?
Sería más realista aceptar que a ratos, como las olas del mar que van y vienen, como la temperatura del clima que sube y baja, condicionamos el amor, esperamos algo a cambio del amor que ofrecemos y de cuando en vez lo damos incondicionalmente, pero la realidad, como dije antes, es un rubro impopular en el mercado de la negación.
Hasta ahora todo aquel y aquella a quien he escuchado cacarear la defensa y difusión del amor incondicional, de darlo todo sin juzgar ni esperar nada a cambio, siempre termina por demostrar que mantiene una postura.
En nombre de ese amor incondicional he visto a personas que se autoengañan, que justifican conductas o circunstancias enfermizas en aras de mantener relaciones tóxicas de las que no pueden desengancharse. He visto gente arrogándose derechos que no están dispuestos a conceder a los demás, he visto a seres humanos que usan con sus parejas o amantes ocasionales el mito del desapego, el amor incondicional, inconvencional, trascendido para lograr sus fines y luego terminar demostrando que son los más indignados, frustrados y celosos en 500 kilómetros a la redonda.
En el adoctrinamiento de este mercado de ilusiones que es el mundo patas arriba, el mundo al revés, que recompensa al revés, es decir, el que castiga la responsabilidad, la honestidad y premia la negación y la mentira, también se ha hecho muy popular llevar el estandarte de la defensa a la libertad de ser, sentir y responder a nuestra naturaleza sensible, sin administrarla ni pasarla por el tamiz de la razón ni de la ética. Defendiendo esta máxima, muchos van por la vida justificando el irrespeto, el abuso y la mentira. Con esta premisa de vida se valida el dejarse llevar sin señalamientos ni culpas por determinados impulsos, o instintos, especialmente los sexuales, partiendo del principio de que son “connaturales al ser humano” , que reprimirlos termina por enfermar y por lo tanto no resulta saludable contenerlos o moderarlos en lo absoluto .
Pero nuestra naturaleza sensible no sólo engendra el deseo de tener sexo con cualquiera que nos atraiga, también nos impulsa a dar una paliza a quien nos saca de quicio, a asesinar a quien nos inspira un odio arrebatador, a tomar lo que queremos aunque no nos pertenezca o comer todo lo que nos apetezca sin represión ni control. Esta volubilidad frente a los impulsos que convienen en un momento dado validar mientras otros se juzgan dañinos y se mantienen a raya, lejos de hablar de libertad, apunta hacia una postura incoherente y bastante acomodaticia ante los valores.
Otra ilusión de moda y ampliamente consumida en determinados círculos “no convencionales”, es la acuñada como “relación abierta”, término que muchas veces se atribuye convenientemente a vínculos enfermos con amantes incapaces de ofrecer respeto y reconocimiento.
Con algunas excepciones observo que la “relación abierta” es un estado declarado por mujeres solas, sin pareja estable, que se jactan de ser libres e independientes, y que se enredan con hombres comprometidos. En cambio los hombres con pareja estable aunque no reconozcan estar en dicho estado de relación abierta, lo asumen a escondidas. La cuestión es que hombres y mujeres por igual, sin reflexionar en consecuencias, ni circunstancias, abrazan el romance oculto con personas comprometidas, en cuyo caso la denominación correcta debería ser relación oculta en lugar de relación abierta. Sin embargo parte del juego de la venta de ilusiones consiste en no llamar a las cosas por su nombre o llamarlas por el nombre contrario (a lo bello feo, al daño placer, a lo viejo joven, a lo estúpido inteligente, a lo chiquito grande, a lo falso verdadero, a las relaciones ocultas relaciones abiertas…). Después de todo, la base de este negocio es la compra venta de mentiras.
En estas relaciones abiertas que ya vimos porqué en realidad deberían llamarse relaciones ocultas, todo comienza con la firme promesa de pasarlo muy bien, rico, sin apegos, únicamente disfrutando el momento, viviendo el instante que es el que cuenta y negándose o desplazando la probabilidad – casi segura en todos los casos- de involucrarse o apegarse, sobre todo sexualmente, al amante, amigo, palo donde ahorcase, etc. Luego, cuando la aventura termina por complicarse, llaman amor a tal dependencia enfermiza. Eso que empezó como un inofensivo y luego apasionante juego de flirteo y placer sexual degenerá en aparatoso “barranco” al cual se da por llamar amor incondicional, siguiendo la práctica de cambiar el verdadero nombre de las cosas, típica del mercado de ilusiones. Para reforzar la negación, se echa mano a diferentes argumentos, de los cuales, algunos de los más comunes son: no importa que él o ella tenga pareja, que haya que conformarse con verse a escondidas, no importa sentirse ignorada/ignorado o abandonada/abandonado cuando el amante se va para quedarse con la pareja. Mientras se reciban las migajas que el otro ofrece, hay que contentarse con amar “incondicionalmente”, disfrutando el momento, sin esperar nada a cambio. A fin de cuentas las “personas trascendidas”, los que son capaces de ir más allá de los condicionamientos sociales pacatos, tienen a bien no juzgar…
La mala noticia es que no importa cuánto empeño y argumentos se inviertan en comprar esta ilusión. Aunque los afectados ahora sí recurren convenientemente a la razón para contener los instintos contradiciendo el principio desmesuradamente defendido de dejarse llevar por ellos, la realidad no tarda en revelarse cruelmente cuando, contra la voluntad, eclosionan la frustración, los celos, la envidia, el odio y el destrozo emocional reprimidos.
En este mercado he visto a los vendedores de ilusiones más avezados, los adoctrinadores más efectivos, esos que llamamos maestros “iluminados”, esos que insisten en el discurso de amar sin juzgar ni esperar nada a cambio, los que machacan las relaciones sin apegos, sin celos, pero que al mismo tiempo exigen a sus discípulos un apego ciego y exclusivo hacia sus enseñanzas y censuran celosamente la sola posibilidad de ver, hablar, escuchar ni mucho menos enamorarse de otro maestro, religiones o corrientes espirituales. Me pregunto qué ejemplo de amor incondicional será este en el que se esclaviza al discípulo a tener un maestro único sin permitirle más opciones. ¿No será que estos iluminados tienen tanto ego, celos y apego como los mortales comunes pero con mejores recursos y estrategias para hacerlos ver como otra cosa?
Asumir nuestra condición humana y aceptar la forma de amarnos y relacionarnos, como humanos que somos, con distintas gradaciones de apego, con ciertas expectativas hacia el otro, con necesidades de seguridad y estabilidad asentadas en la confianza y el respeto mutuo, sería más honesto. Pero el mercado está hecho para la venta de ilusiones y sobran los mercaderes y los incautos ávidos de huir de la realidad.
Tal vez, no lo sé, amar incondicionalmente sea posible durante períodos breves en los que entramos en contacto con la dimensión mística de nuestro ser. Nunca como estadio definitivo, si encarnamos un cuerpo humano, porque en tales circunstancias somos carne, hormonas, mente además de espíritu, y constantemente transitamos, vivimos, experimentamos, razonamos, sentimos desde todas estas esferas del ser que constituyen la unidad que somos.
Por más que intentaron adoctrinarme y vendérmela, yo no compré la ilusión de amar incondicionalmente. Por ahora me contento con cultivar relaciones donde todo en la vida no se reduzca a “follar incondicionalmente” procurando llevar el vínculo de pareja más allá de la cama. Busco relacionarme y que se relacionen conmigo (la pareja, los amigos, los familiares, los seres humanos que se topen en mi vida) desde el amor condicionado por la honestidad, el compromiso, la solidaridad, reconocimiento y respeto mutuo de necesidades y sentimientos.
Para mí, el romance es muy importante, pero puro romance no basta. Las relaciones se nutren de la fuerza de atracción, la química, el deseo de estar con el ser amado pero además hay un ingrediente indispensable: los valores éticos que recibimos en una buena formación desde el hogar.
Si de la teta de la madre bebimos hiel en lugar de miel y nunca nadie nos dio con la leche templada y el ejemplo vivo la enseñanza del amparo amoroso, respetuoso, sensible, altruista y compasivo -primero hacia nosotros para hacernos seres capaces de manifestarlo hacia los demás- si nunca en casa recibimos la mínima noción de responsabilidad sobre el bien o el mal que causamos con nuestras acciones y decisiones, entonces podremos andar por la vida haciendo cuanto taller, meditaciones y terapias creadas por maestros, gurúes, iluminados, trascendidos y ascendidos a lo largo y ancho del planeta y de los tiempos exista, pero nada cambiará. Seguiremos mintiéndonos y mintiéndole a otros con la creencia de que no hay nada que perder y por lo tanto todo vale y que el mundo al revés, el de las mentiras, el que recompensa al revés, es maravilloso. Viviremos justificando cualquier impulso que nos convenga, no importa a quién nos llevemos por delante. Seguiremos sin dar cabida a la justa dosis de ética y responsabilidad necesarias para asumir las consecuencias generadas por nuestras conductas, construyendo así una sucesión interminable de dolorosas, insatisfactorias y tortuosas relaciones.