Y terminamos acorazados, sepultados, ceñidos de improntas, de registros alojados en un lugar sin tiempo, carenciados, apañados con el disfraz que nos “acomode”, interpretando el personaje que nos “salve”, tan lejos de lo que somos, perdidos en medio de las sombras que devoran la conciencia y la posibilidad de hacernos libres. Una y otra vez nacidos para sobrevivir, no para ser amados.
Advertisement

Y por si fuera poco (o mucho), ni siquiera lo sabemos, no conocemos a ese que silenciamos para beneplácito de los demás.
La máscara se ha fundido con el rostro.